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Panegírico de la obra de un amigo pintor - Damián Ibarguren Gauthier - de
Damián Ibarguren Gauthier nace en Fray Bentos (Río Negro, Uruguay) en 1970. Vive la mayor parte de su infancia en Buenos Aires. De 1980 a 1985 reside con su familia en Ronneby, Suecia, donde recibe las primeras clases de dibujo y participa en varios talleres de pintura del ámbito escolar. En 1985, luego de la restauración de la democracia, regresa a Fray Bentos. En 1990 se traslada a Montevideo para ingresar a la Facultad de Arquitectura. Desde 1993 trabaja como dibujante en CSI Ingenieros. Ibarguren es un pintor autodidacta, sin formación académica. La mayor parte de su obra, hasta el presente, ha sido pintada sobre materiales reusados, particularmente sobre cartón recogido de la calle o donado por sus entusiastas admiradores. Pinturas suyas se encuentran en colecciones privadas de Fray Bentos, Tacuarembó, Montevideo, Suecia y España. En tiempos de la disolución y decadencia de los poderes culturales establecidos, antidemocráticos y autoritarios —siempre en busca de recortes del presupuesto pues el arte no se come, y amparados en que las verdades del espíritu tienen más fuerza que las corporaciones pero no su garrulería ni su número monetario— y en camino de construir un “no poder”, emerge en la pintura uruguaya un artista audaz, inspirado y desestabilizador de las estéticas al uso. A quien suscribe le ha tocado la tarea de sumarse al pregón del artista con la palabra, no en el intento de sustituirla sino de ampliar su público y darlo a conocer por su valor. Hablar de pintura siempre significó una intrusión en el reino de la línea y el color con la malhadada palabra, que no puede hacer otra cosa que andarse con rodeos, pues en esencia la misma siempre escamotea la realidad. No obstante esta objeción de principio, acompaño al noble pintor en el grito de guerra que profieren sus pinceladas.
Damián Ibarguren pinta y luego existe. El mismo me señala que la gente suele decirle cosas que él no tuvo en cuenta al pintar sus cuadros, y que lo desconciertan, por consiguiente. Que las personas ven lo que él no ve ni se imaginaba; que tras su pincelada alguien pudiera hacer asociaciones con objetos u otras personas o situaciones de las cuales él no tenía ni noticia. Le gusta escuchar los comentarios de quienes observan sus cuadros porque aprende a mirarlos de otra forma. En otro momento le oí decir que él pintaba porque sí, porque sentía la necesidad y que luego de un primer boceto sobre el cartón se lanzaba al encuentro de lo inesperado, confiaba en que la inspiración lo condujera hacia buen puerto. En la mayoría de las veces sucede así y en otras pocas el cartón deambula abandonado por su cuchitril en espera de mejor momento asistido por la musa. Y pasa el tiempo y al escasear el soporte, es decir el cartón, toma viejos proyectos y se lanza en frenética tarea a pintar la otra faz. De tal manera que sus cuadros pueden llegar a ser bifrontes, contienen el testimonio ilustrado de su pelea con la idea que lo acucia. Justamente… las ideas... una palabra pronunciada al azar por un circunstante desata la tormenta en su cabeza y sale en busca de la expresión a través de la figuración que él se representa, es decir, hace el mismo proceso que sus espectadores frente a su obra, pero a diferencia de ellos lo trasmuta en óleo. Los espectadores también se quedan pensando en lo que ven y se sienten disparados hacia sus propios horizontes y encuentran, repentinamente, compañía en sus personajes, en sus niños y en los objetos familiares ubicados como al descuido, siguiendo su intuición del equilibrio y la compensación de los colores vivos con otros apagados.
Sus cuadros son una fiesta del color, son un desafío a la inteligencia más preparada, por momentos parece un Paul Gauguin redivivo, en tono mayor y provocativo, audaz e irreverente. Ibarguren tiene su propia teoría de los colores y no acepta compromisos aunque, lentamente en el tiempo, introduce cambios para mejorar la eficacia del estilo y de la estridencia, no para claudicar. Trabaja contra reloj, no sólo se trata de apresar la visión, tiene que evitar que se desvanezca y entonces no hay más remedio que pintar a la hora que sea. Viene a mi memoria un cuadro reciente como es «Entierro de mi padre»: en él arde el horizonte con tonos anaranjados hacia la izquierda del observador, —el pintor mira desde cierta distancia la escena— y a la derecha con amarillo, se tiñe la última luz de la tarde, acompañando simbólicamente al extinto hacia la huesa. Pero delante de ese plano de color vivo está la muchedumbre joven encuadrada por la majestuosa puerta principal del cementerio de Fray Bentos, —en la pintura de Damián son mayoría los personajes jóvenes, de su misma edad, vestidos con ropajes coloridos como es el caso que describo— pintada de blanco e inspiración neoclásica, mientras un racimo numeroso de deudos se apretuja para entrar acompañando la procesión. Una mujer es acogida en brazos de otra, hacia la derecha y sobre la línea del horizonte, en señal de congoja y consolación, mientras el paredón del cementerio fuga describiendo una curva inverosímil. Es que para Damián como para Cristóbal Colón el mundo es redondo, la perspectiva por tanto es esférica (estereográfica), si así puede decirse. Este homenaje nació en sueños tras el luctuoso “17 de setiembre” de 2003 (verdadero nombre del cuadro y que este escriba rebautiza para transmitir el aura doliente de la composición); y fue ya en la duermevela, cuando al amanecer del día siguiente, entre dos luces, comenzó a pintarse este esplendoroso homenaje a su padre, también pintor. El punto de fuga respetado rigurosamente para componer, compensa el efecto de anomalía de la envolvente de sus perspectivas o representaciones esféricas, que nos permiten contemplar todas las caras de los objetos tridimensionales. Quien ingresa a sus cuadros a través de una de las tantas puertas omnipresentes que lo permiten, ingresa al Planetario para observar reflejada sobre la bóveda el color no visto de nuestra vida gris. La diferencia está en que el cenit no pende sobre nuestra cabeza sino que está frente a nosotros, ligeramente desplazado del centro geométrico del cartón. Detrás nuestro no hay nada más, todo está delante nuestro para ser contemplado en sus más mínimos detalles, incluso aquellos que no podemos percibir por limitación de la propagación rectilínea de la luz. El pintor es ubicuo, rodea los objetos y nos los despliega ante nuestra mirada atónita con absoluta naturalidad, como diciendo “si Colón fue capaz de parar un huevo yo soy capaz de mostrar toda su redondez”.
Damián Ibarguren podría inscribirse dentro de la clasificación de pintor figurativo en una variante “neoimpresionista” y hasta con un fuerte acento “expresionista” —si esto contribuyera a prevenir al ocasional lector o espectador. Un puntillismo grueso y efectista domina y se impone en muchos de sus cuadros. Intenta por este medio captar la reverberación de la luz, el instante que perece en desmedro del detalle. Pero cuando nos coloca frente un primer plano tampoco nos proporciona detalles de personas probables sino los rasgos de rostros y personas ideales y a la vez concretas. La caricatura en ocasiones es despiadada cuando pinta el carácter “diabluno” de la lubricidad masculina. Tiene el autor pintados una serie de cuadros con el motivo del hombre y la mujer desnudos, juntos a veces en la cama o descansando rendidos luego de una jornada de coito in extremis. Es curiosa y sugestiva, y de valor para el psicoanálisis amateur, la representación del varón con la apariencia del diablo de la iconografía cristiana, de tinte rojizo y hasta bicorne. El macho proclama la posesión exitosa que acaba de consumarse con un gesto de ostentación triunfalista mediante el dominio absoluto del primer plano. Nada más a contrapelo de la sensibilidad antimachista que campea en nuestra época. En otro sentido es destacable, en esta misma línea de producción plástica, la placidez de la mujer luego de haber poseído al macho y buen ejemplo de ese sesgo modiglianesco es “Primera mujer”, un cuadro de pequeñas dimensiones pero de gran atractivo por su simplicidad. En cuadros de asunto similar la mujer no hace ostentación de su victoria sino que lo manifiesta con el abandono del cuerpo, con idéntica convicción, pero sin la alharaca de quien se golpea el pecho, aceptando el segundo plano entre los pliegues de las sábanas. Ibarguren es un hombre de matices, sabe ya que la vida es reflexión y acción comprometida con el alumbramiento permanente de lo recóndito, lo insólito. Ya sabe que el camino del arte es largo y la vida corta, no obstante pinta sin cesar, prisionero de sus sentidos. Dentro del anecdotario referido a sus pinturas hay una de un cuadro reciente, pintado como rareza sobre el clásico bastidor de lienzo y que había sido encontrado tirado en la calle, y sobre cuya tela virgen habíase pegado originalmente un afiche. Cuando nuestro pintor camina de la casa al trabajo, de ida y de vuelta, va como al acecho, valorando los detritos de la ciudad, cual un juntapapeles, en pos de un cartón en buenas condiciones y tamaño provocador para su imaginación. Es que quien pinta con el frenesí suyo no tiene materiales que le alcancen, siempre le están faltando óleos; mas lo único que no le falta es inspiración.
Los personajes que pinta son sorprendidos “in fraganti” como es el caso del “Taita”, de formato grande, donde un padre o marido o amigo, parte de una casa mientras en segundo plano miran la acción la mujer con sus dos pequeños niños, desde dentro del zaguán. La finalidad del pintor surge prístina en tanto el movimiento se insinúa levemente. La realidad de este pintor no coincide con la de las fotografías, son “fotogramas”, instantáneas del diario vivir donde todas las cosas siguen animadas de su propio movimiento y de su propia historia. El pintor vive en un mundo incandescente —los colores lo confirman— en ebullición, los objetos de su visión no han posado para él de ahí su casi desesperación por comprimir y adensar todos los planos del paisaje, todas las vibraciones, apresando los más leves movimientos. Las realidades de su invención son absolutamente verosímiles y tienen el toque electrónico-virtual de nuestro tiempo, como corresponde a su generación. La experiencia de animar imágenes está en el dominio público, el lenguaje de las historietas (comics) también y es recurrido didácticamente hasta el hartazgo por los medios. Por esta razón Damián lanza su proclama aunque no lo admita: animarse a animar, la realidad existe porque nosotros podemos crearla y dotarla de vida merced a la energía del Byte (o bitio, según la castellanización).
Si acaso esa potencia creadora y ese avasallamiento del arte “cibernético” o “virtual” nos abruma, el propio pintor nos da la salida elegante del problema ya que sus composiciones tienen en algún rincón, perfectamente visible, una ventana con otro paisaje o asunto en su interior. Podemos colarnos por una de ellas en busca del sosiego necesario luego de una sesión de contemplación aturdidora. A veces es un óculo en el punto focal quien cumple la misma función. Por esta razón la obra de Damián debe contemplarse con morosidad ya que hay cuadros que desbordan de fantasía barroca. Nadie debiera darse por contento luego de la primera impresión; recórrase con la vista todos los detalles y vuélvase a mirar, pues cual caleidoscopio aparecerán repentinamente otras formas.
No es pintura para académicos, está en la corriente universal de la demolición al igual que en todas las esferas del arte y la cultura contemporánea, no como un acto de rebeldía infantil sino en ademán y verdadero gesto democrático y democratizador. No para producir generaciones de pintores a granel, y vacíos además, más bien para aspirar a nuevas síntesis, más humanas y consustanciadas con los verdaderos dilemas de la juventud de nuestros días, que tiene la potencia de la electrónica moderna pero un futuro de enanos culturales, desprovista de historia, desquiciados por el mero consumo como toda panacea para los dolores de la crisis material y espiritual que padece nuestro país. Quizás un día nuestros gobernantes a cualquier título, serán pintores, poetas, escultores, músicos, bailarines, novelistas, cuentistas, sean ellos varones o mujeres de cualquier preferencia sexual y, contrariamente no podrán serlo, abogados, escribanos, médicos, hombres de partido, arquitectos, contadores, químicos, agrónomos, ingenieros, economistas, etc. La opción por el arte es el acto de madurez suprema de quien llegará un día a ser artista; es la prueba de la conciencia del proto-artista en cuanto a que el verdadero conocimiento es inefable —en lo que atañe al espíritu y al alma—, es más, es intrasmisible si no es mediante el “tartamudeo” del mismo. Aún en el caso de quienes se valen de la palabra para su creación confirman el aserto. En este caso la opción por la pintura de Damián Ibarguren es la promesa de haber encontrado un camino para expresar su experiencia del vivir.
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